Esta instalación se compone de dos partes: un video a dos canales filmado en 16 mm que, desde la ficción especulativa, acompaña el viaje de una onda; y un sistema de radio HF alimentado por paneles solares que escucha y traduce las frecuencias electromagnéticas de la selva. La obra explora cómo las radiaciones —las del sol sobre la ionosfera y las generadas por la vida humana y no humana— atraviesan y transforman los sistemas de radio HF en la Amazonía ecuatoriana.
La pieza, de Sofía Acosta–Varea, fue realizada en colaboración con Alexandra Cuesta y con diseño sonoro de Concepción Huerta, a partir de osciladores y archivos de radio previamente registrados por la artista.
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La comunicación –sea humana, geológica o espectral– es también un modo de habitar el tiempo. No es un tiempo lineal, sino uno que se pliega y regresa. Igual que los mensajes telepáticos, no buscar emitir y recibir constantemente, o como las pesadillas, que brotan del subsuelo, insistiendo una y otra vez. En el espectro, ya sea fantasmagórico o radioeléctrico, encontré aquello que insiste en reaparecer. Allí, donde la escucha se vuelve territorio y el territorio es una posibilidad de relación. En esta obra, la onda, al igual que los sueños, retorna, rodea, insiste, vuelve a pasar por el mismo punto y, en ese movimiento, desmonta la idea de que lo único valioso es lo que avanza. Ese tiempo circular se acerca a los ciclos que sobreviven a pesar de la violenta extracción, el saqueo y el despojo de los territorios amazónicos que resisten. Ese tiempo nos recuerda que "si hay un futuro que imaginar es ancestral, pues ya está presente en el aquí y ahora y en lo que existe a nuestro alrededor, en los ríos, las montañas y los árboles que son nuestros parientes” (Krenak, 12). La onda que vuelve no es solo un gesto técnico, sino un modo de escuchar, de ver, de sentir y percibir lo que insiste, lo que regresa o lo que se niega a desaparecer.
